Internet nos promete lo mismo que vivir en una gran ciudad, Contacto.

Un espacio de encuentro, el acceso a una conexión en tiempo real a un click de distancia, pero el acceso a otras personas no basta para disipar la niebla del aislamiento interior, vivimos más bien aislados y esa sensación de soledad puede ser más intensa en una multitud

 

Edward Hopper

El pintor estadounidense Edward Hopper fue uno de los principales representantes del realismo del siglo XX. A pesar de que durante gran parte de su vida su obra pictórica no recibió la atención de la crítica ni del público y se vio obligado a trabajar como ilustrador para subsistir, en la actualidad sus obras se han convertido en iconos de la vida y la sociedad moderna.

Existe un cuadro famoso de Edward Hopper al crear un paradigma por excelencia de la soledad urbana, Nighthawks.

 

La silenciosa impersonalidad de estos personajes se ve contrarrestada por la descripción matizada del lugar que ocupan, en el que cada objeto que los rodean habla con voz propia, imprimiendo al cuadro un carácter anecdótico que despierta la imaginación del  espectador, quien puede divagar cuanto quiera acerca del destino de los personajes a partir de las pistas que le ofrecen los objetos esmeradamente dispuestos por el pintor.

Lo interesante del cuadro, que ha sido muy analizado y es que la soledad se enfoca en el acto de ser visto.

En medio de los escaparates sombríos y las luces apagadas de los negocios que se ubican fuera del bar representado, lo único que se puede percibir es la silueta de una caja registradora. Con este detalle, Hopper efectúa una sutil y devastadora crítica al sistema social en medio del vacío urbano y existencial lo único inequívoco es la dependencia del dinero, su presencia inevitable.

Además, los oscuros ventanales causan un rotundo contraste con las sordas luces del bar, aumentando la atmósfera de nula comunicación e insalvable distanciamiento entre los personajes allí resguardados.

Desde el punto de vista del observador, Hopper nos deja solos, en la calle. Nos impide entrar mentalmente en el local, porque no ha pintado ninguna puerta de entrada o salida. Es como una gran pecera de cristal en la que han quedado atrapados estos cuatro personajes. No nos gustaría estar dentro, pero tampoco estamos cómodos fuera.

La pareja está en un evidente desencuentro, cada uno en su propio mundo, nos refleja una realidad que hoy toma más fuerza con la tecnología, ya que esta visión de la vida urbana moderna como vacía o sola es un tema común en la obra de Hopper.

El entorno desangelado en el que inserta a estos seres solitarios o  emparejados realza aún más su soledad interior, si lo llevamos a nuestra realidad, las redes sociales se muestran seductoras y adictivas.

Escondidas tras una pantalla

Las personas que están solas tienen el control. Pueden buscar compañía sin correr el peligro de revelarse o de parecer demasiado ansiosas por el contacto humano; pueden alcanzar a los demás o pueden esconderse de ellos; pueden acechar y mostrarse como son, a salvo de la humillación de que los rechacen cara a cara.

La pantalla actúa como filtro protector, como una cortina que permite la invisibilidad y las transformaciones. Cualquiera puede filtrar su imagen, ocultar los elementos menos atractivos y resurgir mejorado, es decir, crear un avatar cuyo objetivo consiste en gustar.

Y entonces aflora un problema, porque el contacto que se obtiene no es como el de la intimidad. Crear una imagen impecable de uno mismo puede servir para conseguir seguidores o amigos de Facebook, pero no cura necesariamente la soledad porque la cura no consiste en que te miren, sino en que te vean y te acepten por completo: tan feo, infeliz y extraño como radiante y perfectamente preparado para hacerte una selfie.

La propuesta parece ser la de no perder el contacto real, el diálogo presencial, un medio incomparable en calidad y calidez como forma  más primaria de comunicación.

Buen ejemplo de ello es el testimonio del escritor francés Michel Houellebecq, quien ha confesado sentirse en su vida “un poco como en un hotel”, sabiendo que tarde o temprano tendrá que abandonar  la habitación. Houellebecq cree que se trata de un sentimiento “típicamente moderno” y que una de las grandes causas de la depresión contemporánea reside en “el hecho de no construir nada”.